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El nacimiento de un milagro permanente

Corrían los primeros años del siglo XIII en Europa. La sociedad experimentaba transformaciones decisivas para los años futuros: en el campo los monjes habían introducido nuevas formas de cultivo causantes de una verdadera revolución agrícola, al amparo de la Iglesia en las ciudades surgían las universidades, centros de saber sin parangón en ninguna otra región, el uso de los números arábigos se extendía poco a poco luego de su introducción en los centros de estudio por el monje Gerberto de Aurillac, renacían con vigor el Derecho Civil y la Filosofía, la mentalidad guerrera de los señores feudales se transformaba poco a poco en cortesana y caballeresca, las costumbres se suavizaron, en el ámbito religioso una pléyade de predicadores laicos insistían en la necesidad de volver a la pobreza evangélica radical, al mismo tiempo los cátaros predicaban una nueva religión, aparentemente cristiana, que se extendía por el sur de Francia, en España los musulmanes cedían territorios a los cristianos y entodo el ámbito europeo volvía a crecer con fervor el deseo de una cruzada para liberar a los Santos Lugares de la opresión de los infieles.

En Italia el Papa había logrado contener las ambiciones de los emperadores alemanes y se mantenía un equilibrio de poderes que no duraría mucho tiempo. Varias ciudades habían progresado por el comercio, tanto interno como externo, y adquirido estatutos de libertad que les permitía gobernarse sin sujeción a un señor feudal, aunque perteneciesen al Imperio. Una de éstas era la pequeña Asís en Umbría.

Allí un joven de familia rica e influyente, hijo de un comerciante de éxito, había abandonado su vida despreocupada de bromas y canciones para dedicarse de manera total al servicio de Dios con untalante diferente a todos las que se acostumbraban en ese tiempo. Este joven se llamaba Francisco y comenzó a regalar a los pobres sus lujosos vestidos, con la reacción indignada de su padre, rico y bastante avaro.

También trataba a los enfermos con dulzura, aunque sentía una especial repugnancia por los leprosos cuando se le acercó uno a pedirle limosna, no solo le dio lo que tenía sino que le besó en la cara enferma. Dada la incomprensión del padre (muchos la encontraron y la encuentran muy comprensible) renunció a todos sus bienes, se despojó de sus ropas, las entregó al padre y se puso bajo la protección de la Iglesia. Ya no quiso tener padre terrenal sino solo al “Padre que está en los cielos”.

Al poco tiempo otros jóvenes se le unieron para vivir en estricta pobreza evangélica, sin ninguna posesión material y alimentándose de dádivas y limosnas. Francisco sabía que en toda Europa había movimientos extremistas que difundían una vida de pobreza radical pretendiendo que todos los cristianos los siguieran. La Iglesia los había rechazado por sus exageraciones que llegaban al desprecio total y a la satanización de los bienes materiales. Por eso decidió ir en persona a Roma a pedir la aprobación del papa Inocencio III para su nuevo estilo de vida. Por primera vez en la historia de la Iglesia un fundador de un nuevo camino en la fe pedía la autorización del Papa, actitud que después se volverá reglamentaria. La tradición cuenta que Francisco se acercó a Inocencio III mientras éste paseaba en una terraza de San Juan de Letrán, el Papa no hizo mucho caso del joven mendigo que le quería pedir algo, pero esa nochesoñó que la basílica de Letrán se tambaleaba en peligro de destrucción y el joven mendigo la sostenía. Interpretó el sueño en el sentido de que la Iglesia sería salvada por Francisco y sus seguidores. Aprobó las normas preparadas por el joven y así nació la orden franciscana. Era un 23 de abril de 1209. Hace ochocientos años.

Esa aprobación papal inició un camino que continúa abriéndose a nuevos horizontes, siempre impulsado por la espiritualidad sencilla y profunda de Francisco. El Santo de Asís le presentó al Papa una Regla compuesta de fragmentos del Evangelio, casi sin ninguna otra añadidura, en ella encontrarán millones de personas las indicaciones básicas para seguir a Cristo en variadísimas circunstancias. La vida franciscana ilumina con una nueva luz sobrenatural las cosas naturales. No desprecia con vanidad los bienes naturales, los domina y les da su auténtico valor, pasajero e intrascendente. El sueño de Inocencio III se hizo realidad, como escribió ese gran escritor convertido al catolicismo, Gilbert K. Chesterton: “Francisco construía, en verdad, alguna otra cosa, o empezaba su construcción; algo que ha caído a menudo en ruinas, pero que siempre se reconstruyó; una iglesia que puede reedificarse, aun cuando se pudriesen sus cimientos, junto a su primera piedra; una Iglesia contra la cual las puertas del infierno nunca podrán prevalecer”. Ochocientos años después de esa primavera europea en que nació la orden franciscana, el mundo ve complacido cómo los intentos de arrasar con la Iglesia crecen en cantidad y violencia. El mundo piensa que esta vez ya no habrá remedio: la Iglesia caerá y no tendrá fuerzas para reponerse, pero anda muy equivocado: aunque esas puertas del infierno se dan mil modos para acabar con ella, la Iglesia sigue firme, como la Cruz, pues en algún rincón de la Tierra nacen, crecen, maduran los nuevos Franciscos africanos, asiáticos, latinoamericanos, quienes, como el de Asís, lo dejan todo, se visten con una camisa de crin y van cantando por el campo helado de la indiferencia de los hombres mundanos, su himno de alabanza, de esperanza, de fe y de amor a Cristo Resucitado, Salvador de los pecadores.

Fr. Carlos Freile, OFM

 

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