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Francisco de Asís (1182-1226) “Genio latino, la más pura claridad que se haya dado en una alma, el más perfecto discípulo que jamás tuviera Jesucristo”, como dijo el gran pensador mejicano José Vasconcelos, se presentó en Roma el 16 de abril de 1209, con un pequeño grupo de seguidores, en el palacio de San Juan de Letrán, ante el Papa Inocencio III para pedirle que aprobara su forma de vida, que consistía en seguir el santo Evangelio de nuestro Señor Jesucristo, al pie de la letra, “y en pobreza y humildad”.

Nunca antes se había solicitado esa aprobación pontificia, y no fue fácil obtenerla, pues, parecía que esa radicalidad era incompatible con la débil condición humana, pero triunfó el plan de Dios y Francisco fundó tres Ordenes: una para varones, la de los Hermanos Menores; otra, para las mujeres: la de la Damas pobres; y una tercera, para los que vivían en familia y querían santificarse en sus hogares, según el espíritu de Francisco, la de los Penitentes.

Estas tres prestigiosas semillas germinaron con tal fuerza que inmediatamente dieron frutos de santidad, de sabiduría y de toda clase de beneficios para la humanidad, hasta el punto de que Ernesto Renán reconoce que la Revolución encabezada por el seráfico Padre es la única que ha producido una transformación benéfica a través de los siglos.

Los Franciscanos se dispersaron por Europa, Asia, África y todo el mundo conocido entonces, predicando el Evangelio “como extranjeros y peregrinos” cosechando fabulosos resultados. En las tres Órdenes ingresaron reyes, emperadores, príncipes, sabios maestros universitarios, poetas, pintores, pontífices, obispos, científicos, la flor y nata de la humana especie, con la ilusión de cobijarse bajo el amparo del “poverello” y de imitarle en sus heroicas virtudes.

Al descubrir el nuevo continente Cristóbal Colón, terciario franciscano, abrió un nuevo campo a los fervores apostólicos de los hijos del Serafín de Asís. Y aquí, en lo que hoy llamamos Ecuador, su labor evangelizadora, cultural y de promoción humana puede ufanarse de ser de las más fecundas y ejemplares de la historia de la Iglesia católica, durante cuatrocientos setenta años.

El franciscano Fr. Juan de los Santos acompañó a Francisco Pizarro en el descubrimiento del Perú (1525-1528). Fr. Marcos de Niza acompañó a Pedro de Alvarado en su frustrado intento de apoderarse de las tierras de Quito y fue pieza clave en la paz que se firmó entre Diego de Almagro y los guatemaltecos. El flamenco Fr. Jodoco Rique llegó a la recién fundada villa española de San Francisco de Quito, el 6 de diciembre de 1535 y desde entonces se convirtió en piedra angular del nacimiento de la Patria; fue el maestro por excelencia de los indios, a los que amó como verdadero padre, los educó en la escuela de San Juan Evangelista y en el Colegio de San Andrés y los transformó en artistas y maestros de toda artesanía y en convencidos cristianos. El hermano lego Fr. Pedro Gocial, también flamenco, les enseñó pintura y escultura, canto y música instrumental. Entre los dos construyeron la bellísima basílica de San Francisco y la primera parte del grandioso convento, “Escorial de los Andes”.

Desde siempre los franciscanos en el Ecuador han sido los mecenas de las bellas artes. A Fr. Jodoco le sucedió en sus actividades creadoras el hermano lego Fr. Francisco Benítez, compañero de san Francisco Solano, y a éste Fr. Antonio Rodríguez, igualmente lego. Durante los doscientos setenta años del gobierno hispánico, los franciscanos formaron y moldearon el alma nacional en más de sesenta pueblos y doctrinas, fuera de los veinte conventos formales o guardianías, donde conservaban la rigidez de la regla de San Francisco y la fidelidad a santa pobreza y a la humildad. Muchos religiosos murieron en olor de santidad: Fr. Pedro de la Concepción, Fr. José María de Jesús Yerovi, Fr. José María Masiá, Fr. José María Aguirre, Fr. Ángel Meneses, Fr. Francisco María Alberdi, Fr. Conrado Delgado Álava, Fr. Leopoldo Arce, Fr. Samuel López de Aberásturi y López de Luzuriaga, Fr. Mariano de San José Pérez, Fr. Elías Quintana, Fr. Benito y Diego Navarrete, Fr. Abel Pazmiño, Fr. Nicolás Echeverría, Fr. Luquecio Espín, y docenas más de auténticos hijos del seráfico Padre.

En el siglo XVIII, el quiteño Fr. Fernando de Jesús Larrea recorrió toda la América del Sur predicando con increíbles frutos de bendición. El Padre Francisco Javier de Lagraña fue maestro y consejero de Eugenio Espejo. El Padre Vicente Solano, hombre enciclopédico es la gloria mayor de la ciudad de Cuenca, Atenas del Ecuador. El Padre José María Aguirre, famoso por su santidad, fue un eximio orador sagrado, cuyo sermones fueron publicados por la Academia Ecuatoriana de la Lengua, como modelos perfectos de buen decir y buen predicar.

En la primera mitad del siglo XVII, los franciscanos de Quito, se lanzaron a la increíble aventura de evangelizar a los indios de la cuenca amazónica, presididos por Fr. Domingo Brieva, Fr. Pedro Pecador, legos y Fr. Francisco de Anguita. Redescubrieron el rio Amazonas, del cual nadie se había acordado en cien años y llegaron a Belén de Pará, en la costa del Brasil. Al río le pusieron el nombre de río de san Francisco de Quito.

En la gesta de la revolución quiteña, del 10 de agosto de 1809, los friales franciscanos criollos tuvieron amplísima participación, sobresaliendo Fr. Luis Cevallos, guardián del convento de Quito, que luego fue procesado y condenado por la reacción española, Fr. Ignacio Bosano y Fr. José María Blanco que siempre acompañaron a los ejércitos libertadores de Bolívar y Sucre

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Músicos insignes fueron el Padre Andrés Adrián, el Padre Francisco Alberdi, que dejó más de 250 obras maestras y del cual dijo un violoncelista ruso, que ejecutó “un capricho quiteño” del Padre Alberdi, que, si éste no se hubiera hecho fraile hubiera sido un nuevo Beethoven, altísimo elogio pero bien merecido. Fr. Agustín de Azcúnaga fue un organista extraordinario con alma de niño y émulo de César Frank. Compuso la música del Himno a Quito entre otras creaciones.

Cuando, en 1767 fueron expulsados los Padres jesuitas del imperio español todas la cátedras que ellos mantenían en la universidad de san Gregorio, fueron entregadas a los doctores franciscanos y ellos supieron regentarlas con lucimiento. Igualmente los puestos de avanzada que los jesuitas tuvieron en la Amazonía, fueron confiados a los franciscanos de Quito, como años más tarde las misiones de Zamora y Galápagos que las evangelizan hasta el presente.

Veinte religiosos franciscanos han servido a la Iglesia en distintas sedes episcopales, destacándose Fr. Pedro de Arízala, como Arzobispo de Manila, en Filipinas, Fr. José María de Jesús Yerovi, Arzobispo de Quito, Fr. Manuel Plaza, Apóstol de Ucayali y Obispo de Cuenca, Fr. José María Masiá, Obispo de Loja y el Cardenal Bernardino Echeverría, Arzobispo de Guayaquil.

Los franciscanos han impulsado el fervor religioso popular con las devociones a Jesús del Gran Poder, a nuestra Señora de Guápulo, a nuestra Señora del Cisne y a nuestra Señora de la Nube; la conmemoración navideña con el arreglo de los pesebres y el amor a san José, a san Joaquín y a santa Ana. El culto a san Antonio de Padua, enfervoriza a todo el pueblo creyente.

Las hermanas clarisas tuvieron una insigne religiosa, Sor Gertrudis de san Idelfonso, cuya biografía acaba de ser publicada por la Universidad de Salta, en Argentina. La Venerable Madre Mariana de Jesús Torres, concepcionista, está en proceso de beatificación.

La Tercera Orden de Penitencia siempre tuvo hijos e hijas santas, como Marianita de Jesús Paredes y Flores, Azucena de Quito, Luz Emilia Saa, Remigio Crespo Toral, José Julio María Matovelle, en proceso de beatificación; Honorato Vásquez, Julio Tobar Donoso estos dos últimos émulos de Contardo Ferrini y dignos de estar en los altares.

Agradecido con la obra franciscana a favor de la ciudad, la cultura la religión y los pobres el Cabildo Metropolitano Civil de Quito han honrado la memoria de cincuenta y seis franciscanos poniendo sus hombres en otras tantas calles y avenidas de la capital.

Actualmente veinte ramas del gigantesco árbol franciscano trabajan en el Ecuador, con incansable celo por la gloria de Dios, el prestigio de la Iglesia y de la cultura y por la extensión del reino de Jesucristo, en una época sobrecargada de materialismo.

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¡Que san Francisco nos bendiga!

Fr. Agustín Moreno, OFM

 

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